Al entrar en la sala del Capítulo (la
asamblea general que reúne los delegados de los países donde nuestra
Fraternidad está presente) entró a la sala con nosotros el mundo entero: Hemos
escuchado a nuestros hermanos hablar de la guerra en Siria y en Irak y de la
multitud de desplazados que lo han perdido todo; de la violencia de los grupos
armados en Nigeria; del miedo y las muertes cotidianas en Colombia. Hemos
escuchado hablar de los parados y de todos los que ya no llegan a vivir
dignamente. Sentados entre nosotros estaban, también, los que intentan entrar
en los países occidentales: hombres, mujeres, niños que mueren atravesando los
desiertos o en el mar, en barcos sobrecargados, y aquellos que son bloqueados,
retenidos, expulsados. Nos hemos contado, unos a otros, la diaria violencia en
nuestros barrios y la miseria insuperable que deshumaniza. No sabemos quien
dirige nuestro mundo; algunos “grandes” anónimos, “intereses” ocultos, que
toman “desde arriba” decisiones que afectan duramente a los “de abajo”.
“Quizás
entraremos en una época de la historia humana que será la del tiempo de la
compasión, impotentes para encontrar soluciones a los problemas que se nos
plantean” escribía René Voillaume, en 1994. Soportar con los demás, sufrir
juntos cuando el futuro parece completamente oscuro y que no vemos, en el
horizonte, ninguna luz: es, precisamente, la “compasión” a la que están
llamados a vivir algunos de nuestros hermanos, porque han escogido quedarse con
su pueblo y sufrir junto con ellos. Están siempre presentes en nuestro
pensamiento y nuestra oración, agradecidos porque aguantan a pesar de sus
debilidades y sus miedos.
Escuchando estos relatos, una pregunta
nos trabajaba:
“¿Cómo
continuar a ser humanos en este tiempo de miedo y de violencia?”
· Lo que nos
hace más humanos y que nos hace felices, es vivir con la gente sencilla, la
gente “ordinaria”, los que no tienen nombre ni influencia.
Con el tiempo, porque hay
que durar…, nos han demostrado que son nuestros hermanos y nuestras hermanas.
Tienen sus debilidades ¡saltan a la vista!; y las nuestras ¡también saltan a la
vista!
Reconocer sin miedo nuestros
defectos nos hace crecer en humanidad. No se puede dialogar con alguien que es
“fuerte”, no necesita nada. Cuando nos sabemos indigentes, podemos buscar compartir
lo poco que tenemos unos y otros y caminar juntos.
La “gente sencilla” nos ha
enseñado que tenemos que acercarnos con un corazón dispuesto y amar con
ternura. También nosotros, recibimos de su parte ternura y confianza y nos da
una enorme alegría de vivir…
Si, la confianza abre el
corazón y permite que podamos dar lo mejor de nosotros. Dar de nuestro tiempo,
estar atentos a aquellos que parece que
a nadie les interesa, nos hacen descubrir tesoros de humanidad y de bondad.
Igual que los que bucean en aguas profundas, descubrimos también, maravillas
que solo Dios conocía.
El mal y la muerte están
presentes, cotidianas. Pero la lista es larga, cotidiana también, de todas las
reacciones a contra corriente para mantener la vida, protegerla y hacerla crecer:
la ayuda discreta entre vecinos; los que ponen en peligro su vida para permitir
que otros vivan, en Siria y otros lugares de violencia; o las personas que
murieron, en el naufragio del ferry de Corea, para salvar a otros; los grupos
de diálogo entre Palestinos e Israelitas formados por personas que han perdido
a familiares, víctimas de la violencia; los que tejen relaciones, en
situaciones donde todo invita a rechazar al otro porque es diferente; y
aquellos y aquellas que se movilizan para acoger a los desplazados o por la
integración de los emigrantes.
Estos gestos de humanidad
profunda, grandes y pequeños, los vemos todos los días. Y desde la fe los
leemos como pequeñas chispas de la gloria de Dios, signos de su Reino,
presencia activa de su Espíritu en el corazón de mujeres y hombres. Como
Moisés, con respeto y admiración, escuchamos la invitación: “Quítate las
sandalias porque pisas tierra sagrada”
Queremos continuar a vivir con nuestro pueblo
sobre esta tierra árida y santa, con los ojos bien abiertos…
· Lo que nos
hace más humanos y que nos maravilla, es volver una y otra vez al Evangelio,
para encontrar a Jesús, “el Hijo del Hombre”, el hombre por excelencia.
Hemos sido seducidos por el
rostro de Jesús de Nazaret y por su manera de restaurar lo humano: rompe con
todo lo que excluye; se acerca a aquel del que todo el mundo huye; toca y se
deja tocar por los que juzgamos impuros; reconoce la rectitud y el amor venga
de donde venga: del extranjero o de aquel que tiene otra fe…
De tanto mirar a Jesús vivir
y actuar, descubrimos que el evangelio está escrito “para hoy”, porque está
escrito a partir de la vida de la gente de “todos los días”, de la “gente de
hoy”. El hombre o la mujer de mala reputación y que todo el mundo arrastra por
el suelo, habitan en nuestro barrio; el pobre a quien le gustaría invitarte a
su turno, pero no tiene los medios para hacerlo, lo cruzamos todos los días; el
hombre bueno que saca lo mejor del tesoro de su religión habita en frente
nuestro.
Si, para ser verdaderamente
humanos, sentimos la necesidad de la oración. Exponernos a la luz de Dios,
simplemente porque es Dios, que nos conoce y que nos ama. Y para que transforme
nuestro corazón y de los que están cerca nuestro, a la imagen del de Jesús,
compasivo y fuerte, dulce y firme. Para que nos ayude a mirar con su mirada.
Oración de pobres humanos,
con los pies en la tierra. Dolorosa, a veces, y sin respuesta: “Dios mío ¿por
qué nos has abandonado?” Y otras veces alegre y llena de ánimo: “¡Bendito seas
porque has ocultado estas cosas a inteligentes y sabios y la has revelado a la
gente sencilla!”.
· Lo que nos
hace más humanos y que nos da esperanza, es vivir todo esto con los hermanos y
caminar juntos: nos da gozo y apoyo.
No, no lo hablamos muy a
menudo. Quizás porque construir una relación fraterna es una tarea difícil y
nunca acabada. Intentarlo tenazmente, es nuestra pequeña contribución a la
construcción de una humanidad fraterna y es un signo de esperanza.
Pero queremos decirlo.
Compartir con los hermanos el mismo deseo de amar con respeto a todos, a la
manera de Jesús de Nazaret, es una gran alegría. Es un apoyo releer juntos
nuestra vida compartida con la gente, sabiendo que nuestros hermanos no nos
dejarán abandonados en el camino,
Rezar juntos, dejarse
moldear juntos por Dios, escuchar juntos su Palabra que nos dice, de todas las
maneras imaginables, que Dios cree en el hombre…todo esto alimenta nuestra
esperanza.
Nos gustaría añadir unas palabras
dirigidas a nuestros hermanos mayores:
Todo lo que hemos podido expresar en
estas líneas, vosotros lo habéis vivido con ardor y lo hemos recibido de
vosotros. No creáis que ya todo se ha acabado porque os habéis hecho mayores o
estáis viviendo en alguna residencia de mayores: hasta el final podemos crear
relaciones de amistad, estar atentos a los más “pequeños”, amar con corazón
grande. ¡Contamos con vosotros!
Y otras para nuestros hermanos jóvenes:
Quizás estéis preocupados porque sois
muy poco numerosos. Quizás no sabemos trasmitiros lo que llena nuestro corazón
de gozo y felicidad, en esta vida que quiere ser compartida con “pequeños de
este mundo”, con el estilo de Jesús de Nazaret.
Mirad como actúa Jesús, acercaros a la
gente sencilla, dejaros querer por ellos
y vuestro corazón estará ardiente-
Tenemos necesidad de vuestro entusiasmo.
Y cómo no, mencionar lo que para
nosotros es un gran signo de esperanza: el mensaje y las invitaciones
constantes del papa Francisco de ir a las periferias y de impregnarse del olor
del rebaño; arriesgarnos a salir, aún a riesgo de sufrir un accidente,
antes que quedarnos calentitos en el
interior.
Para terminar una citación suya:
“No
podemos convertirnos en cristianos almidonados. Cristianos demasiado bien
educados, que hablan de teología mientras toman tranquilos el té. ¡No! Tenemos
que convertirnos en cristianos audaces e ir a buscar a aquellos que son,
precisamente, la carne de Cristo […] Este es el problema: la carne de Cristo,
tocar la carne de Cristo, cargar en nuestras espaldas este dolor por los
pobres.”
Texto adoptado por el Capítulo por
unanimidad el 26 de Septiembre 2014